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EL SÍNDROME DE QUIRÓN 25 de septiembre de 2015

Posted by franciscobenages in Uncategorized.
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quiron

En la mitología griega, Quirón fue el centauro sabio, antiguo padre del arte de la medicina. Era bueno, sobrio y civilizado. Quirón era un gran sanador, astrólogo, y oráculo respetado, se decía que Quirón era el primero entre los centauros y era altamente venerado como profesor y tutor. Un día, cuando Hércules se encontraba visitando al sabio centauro, se produjo un asalto en el cual una de sus flechas envenenadas con la sangre de  Hidra, cayó en el muslo de Quirón, causándole una herida incurable extremadamente dolorosa. Como él era inmortal no podía morir e irónicamente, siendo un sanador excelso, no podía curarse a sí mismo. Más adelante renunció a su preciada inmortalidad para dársela a  Prometeo, quien había sacrificado su vida para permitirle a la humanidad obtener el uso del fuego. Quirón está simbolizado por el “sanador herido“. Representa nuestra más profunda herida, y nuestros esfuerzos para sanarla. También apunta el lugar en donde se tiene poderes curativos, como resultado de nuestras profundas heridas espirituales. Es posible que se dé un exceso de compensación en estos ámbitos de la vida.

Quirón, como un sanador herido, primero debe hacer frente a los problemas referentes a los sentimientos de baja autoestima e insuficiencia, para luego aprender a elevarse por encima de ellos. Debido a que la herida es profunda, debemos trabajar duro para superarla.

Y dicho esto, una sencilla introducción al mito de Quirón, me gustaría exponer dentro de lo que se me ha ocurrido denominar el Síndrome de Quirón (psicólogos al uso, creo que todavía no se ha “inventado” ese síndrome), el comportamiento de algunas personas, generalmente terapeutas, cuya misión en la vida es “ayudar a los demás”.  Vaya por delante mi reconocimiento a su labor, aunque tal vez el fondo y la forma difieran de lo que debería ser un trabajo personal de desarrollo personal, sin inmiscuirse en la vida de los demás y respetando el libre albedrío de las personas.

Por lo que he podido comprobar, a este tipo de personas siempre les gusta ayudar a los demás, eso les hace sentir bien y útiles. Son como el “padre-madre” de todo el mundo. Esta dedicación exclusiva puede volverse una obsesión por ayudar a los demás… parece que estas personas atraen a todos los sujetos con problemas porque siempre están ahí para ayudar, escuchar, consolar… realmente se sienten muy bien cuando lo hacen, aunque no es extraño  que sufran mucho también porque acaban sintiendo las penas ajenas como suyas. Ha llegado a un punto en que cuando alguien sufre tienen que estar continuamente controlando si se encuentra mal en cada momento, de forma obsesiva. Y lo más increíble es que cuando consiguen que esa persona supere su problema, en cierto modo les da pena que ya no les necesiten.

Estas personas en el fondo  tienen un problema de autoestima y quizá piensan que si ayudan a los demás cuando más lo necesitan, (eso creen ellas), entonces pasan a ser importantes en sus vidas (al menos en ese momento), y si son importante entonces no le abandonarán… Muchos funcionan como imanes para atraer a personas que son como pajaritos extraviados. Y se sienten muy atraídos por andar recogiendo a “huérfanos del destino” para solucionarles la vida y rescatarles de su congoja, porque eso los hace sentir útiles, necesarios, importantes, capaces y bondadosos. En cierto sentido se vuelven co-dependientes, aman asumir responsabilidades que no les corresponden. Es algo que lo hacen repetidamente con los amigos, familia, pareja, conocidos, o cualquiera que se encuentre a su alrededor y que esté “sufriendo”. Ayudan compulsivamente y dan consejos, aunque no se los pidan.

La mentira en la que viven es que creen que todo esto lo hacen por generosidad, cuando realmente lo están haciendo porque quieren ganarse el amor y el reconocimiento de los demás.

Es indispensable aprender a diferenciar cuando nuestra ayuda sí es un acto de amor y crecimiento, de cuando no lo es. Ayudamos realmente cuando el otro nos invita a hacerlo o expresamente acepta que lo hagamos, ayudamos cuando nos da lo mismo que acepte nuestra ayuda o no, ayudamos cuando para nosotros lo verdaderamente importante es el bien del otro, y no que haga lo que nosotros creemos que debe hacer.

Hay que tener en cuenta que nuestra ayuda es adecuada cuando produce madurez, paz, crecimiento, gozo y agradecimiento en la otra persona, y no cuando produce desasosiego. Si en tus relaciones se molestan contigo siempre que los ayudas, ¡¡detente!! estás rescatando, que no es lo mismo.

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